Canto a La Isla
Es La Isla, un pueblo hermoso
donde todo ríe y canta
donde la alegría es tanta
que hasta el morir es gracioso
Allí tranquilo el ocioso
como, bebe, y se divierte
y todos tienen la suerte
de no envejecer jamás
y amándose más y más
no piensan nunca en la muerte
Allí a la vera del mar
está el parque del pastote
jardín bello que es un brote
de grandiosidad sin par
Allí se va merendar
en las tardes agosteñas
allí las niñas isleñas
suelen brindar el amor
y allí en eterno clamor
ruge el mar entre las peñas
A estribor yergue su frente
el islote del castiello
panorama lo más bello
que vio la extranjera gente
Es cual gigante potente
ante el cual se humilla el mar
es el bizarro juglar
que defiende a los marinos
y es del pueblo y los vecinos
Tritón en la bagamar
Y mirando hacia la popa
se ve la forca radiante
y un poco más adelante
con el piñoble se topa
Hacia el pueblo está la copa
de la poética torre
y el sendero que recorre
las gentes que van a misa
y el murmurar de la brisa
que al tul del cielo descorre
Y luego está la xunglar
y más al centro corvera
hacia el este la barquera
y hacia el norte miramar
Y aún me falta por contar
la plazuela del horrón
gala de la bella aldea
donde baila y se recrea
toda la generación
Y callo dejando escritas
las gracias de sus mujeres,
hay Marujas, hay Estheres,
hay Carmenes y Lolitas,
hay Marinas y Pepitas
Hay Consuelos y Pilares
hay Angelitas a pares,
Teresas, Luisas y Rosas
y en fin mil ninfas
cual diosas de los altares.
Arcadio González
La Isla ha gozado en todos los tiempos de un poder de atracción singular, que hizo llegar aquí a familias de lugares diversos, para disfrutar las delicias del paisaje, del mar y del sol, del aire puro y de la montaña próxima.
Recuerdo agradable y placentero es el que a menudo evocan las jornadas transcurridas en La Isla en un período estival cualquiera, como grato y confortador es siempre el sano contacto con la naturaleza.
Un poco más atrás, los recuerdos de los abuelos del lugar proporcionaban datos impresionantes, mezclados con dichos y leyendas del más subido tipismo.
Una de estas leyendas es la que se refiere a la fuente de Cambroña, que brota cristalina en el prado del mismo nombre, situado junto a la playa.
Cuentan que allá en muy remotos años llegó a La Isla una familia procedentes de Castilla, compuesta de matrimonio y tres hermosas hijas, que venían buscando en el mar el remedio para la anemia que consumía a la mayor de ellas.
La fuente de Cambroña era tenida, por entonces, en mucho aprecio, por ser la única que conservaba la frescura de sus aguas aún en lo más ardoroso del verano. Allí se dirigieron un día las tres lindas muchachas. Después de aquietar la sed, se detuvieron para aderezar los cabellos, mirándose en el espejo transparente de las aguas. Y allí fue pasando el tiempo sin sentirlo, abstraídas como estaban por el murmullo del agua y la fragancia de las flores.
Cuando decidieron retirarse, no les fue posible hacerlo, Habían quedado presas del encanto, y sumisas bajo las aguas que antes las habían fascinado.
La noticia cundió, el sobresalto fue general, y el desconsuelo de los padres intensísimo. Los doloridos padres hubieron de volverse a su región, dejando encantadas en Cambroña a sus tres hijas, que eran la alegría de su vida.
Por el tiempo de la siega en Castilla, solían desplazarse allá los hombres forzudos de las provincias del norte. Su trabajo era muy estimado, y la remuneración que percibían no despreciable. También los vecinos de La Isla tomaban parte anualmente en esta accidental emigración.
Un año, durante su estancia en Castilla, los vecinos de La Isla se encontraron por casualidad con los desconsolados padres de las tres jóvenes encantadas. Después del primer intercambio de noticias, la madre se dirigió al que más confianza le ofrecía, para encomendarle la delicada misión de rescatar a las jóvenes. Tendría que poner en práctica, con toda exactitud, cuando ella le ordenara, conocedora como era de la fórmula del rescate.
El día que los hombres de La Isla habían de regresar de regresar a su hogar, ella, con lágrimas de sangre, amasó y preparó tres panecillos de cuatro picos, los entregó al vecino indicado, y le dio al mismo tiempo las instrucciones concretas para el feliz éxito en el asunto que poco a poco a ella le consumía.
El compasivo vecino guardó con todo cuidado los tres panecillos en su saco, y en compañía de los demás segadores emprendió el regreso al pueblo. Llegado a su casa se acostó a descansar del penoso viaje, no sin antes advertir a su mujer que no tocara nada de lo que en el saco había. La curiosidad de la mujer no pudo resistirse mientras dormía. Miró el saco, encontró los extraños panecillos y acuciada aún más de la curiosidad, con la mano quitó a uno de ellos uno de los picos.
¡Cuál no sería su asombro al observar que del panecillo roto brotaba sangre!. Atemorizada con el caso, colocó el pico roto en su sitio, y nada dijo a su marido.
Este, después del merecido descanso, se dispuso a cumplir la misión que le había sido encomendada. Tomó los panecillos y se dirigió a Cambroña.
Acercándose a la fuente, echó al agua uno de los panecillos, mientras pronunciaba la fórmula convenida: “Can Cambroña, toma el pan que te manda tu señora”. Al momento el caballo se convirtió en un cabello blanco, sobre el cual cabalgaba airosa la mayor de las tres hermanas. Librada del encanto, desapareció en veloz carrera en dirección a Castilla.
Echó luego al agua otro de los panecillos, pronunciando otra vez la frase, igualmente se convirtió el panecillo en un caballo blanco, sobre el cual salió cabalgando la segunda de las hermanas, entre los destellos con que resplandecían sus preciosas joyas. Al instante desapareció siguiendo el mismo camino que la primera, liberada como ella del encanto.
Seguidamente echó al agua el tercero de los panecillos, mientras que decía la frase. El panecillo se convirtió en un caballo blanco, sobre cuyos lomos cabalgaba la más pequeña de las hermanas. Pero el caballo no pudo andar porque estaba cojo: Era el que correspondía al panecillo herido por la mujer del labriego.
Imposibilitada para huir, la desilusión se apoderó de la inocente joven, y en sus rosados párpados se asomó una lagrima más brillante que la aurora.
Con forzada resignación la joven desdichada se sumió de nuevo bajo las mansas aguas de Cambroña, arrebatada por el encanto.
No obstante, pudo agradecer al labriego cuanto había hecho, y también le entregó una faja de color rojo con el encargo de que se la diera a su mujer.
El buen labriego retornó a su casa, pasando a través de un frondoso bosque, que ocupaba gran parte de los que hoy es arena suave de la playa.
Aquí se detuvo para recapacitar a solas sobre las recientes emociones. Colocó la faja de color rojo colgando de una de las ramas bajas de un roble, y cuando se disponía a tomar tranquilo asiento sobre la verde alfombra, vio con espanto que el árbol dejaba de existir instantánea y estrepitosamente, consumido por una roja llamarada.
Comprendió entonces la acción reprochable de su mujer, las pésimas consecuencias de la curiosidad femenina, y el castigo que a la compañera de su vida iba dirigido. Pero al fin se congratuló, porque los designios malignos se habían cumplido en aquel árbol, librándose la mujer de perecer abrasada.
Desde entonces un halo de misterio rodea a la fuente y al prado de Cambroña. No hace muchos años todavía, era un dicho común que en Cambroña había un encanto. Cuando los sencillos vecinos pasaban por la calle de Eteldiz, lo hacían con temor. Y no falta quien asegura haber visto al otro lado de la carretera a una hermosa joven, llorando sus penas, sentada en la pasadera del prado Juacón, donde se toma el sendero de la Ería que va hacia el molino y al monte Sueve.
Es la más niña y la más bella de las tres hermanas, que espera en Cambroña al galán que la desencante.
Enrique hidalgo
Junio de 1963
Esta historia tal y como aquí se relata, puede ser escuchada hoy todavía a personas de avanzada edad, naturales y vecinos del lugar, quienes aseguran haberla recibido como lección del Maestro nacional, con la seriedad y formalidad a que obliga el deber de educador de los pueblos.
Esas y otras personas, ya al borde de la senectud, agregan, además, que en las veladas de invierno, junto al chisporreteo de los leños, oyeron narrar a sus abuelos el suceso de haber visto “a la más bella de las tres hermanas”, por la orilla de la fuente y prado de cambroña, como ocurrido en los días de su adolescencia.
Por lo que valga, quede constancia escrita de la historia en esta nueva versión, para futura referencia.
La Isla-Cambroña, junio 1963
Todavía permanecen en pie los eucaliptos/ocalitos del paseo del ARENAL (que solo los veraneantes llamaban playa), plantados hace ochenta años por los niños de la escuela, el día de la fiesta del árbol; pero ya no quedan las higueras/figares que había en el pueblo de LA ISLA, hace más de cincuenta años:
La de la XUNGLAR, primera que se encontraba al salir de la escuela de Don Pedro, el maestro que en plena zona roja durante la guerra civil nos hacía cantar a los párvulos: “¿Quien como Dios? ¡Nadie como Dios!, San Miguel Arcángel, oye la oración/de este pobre pueblo que pide perdón”.
Por el atajo estaban las del PARNADELI y por el camino real, la de CORVERA, las tres de LA CALEYA y dos más en el CUETU. Todas eran Miguelinas, excepto las de la huerta del cura, cuyos higos, grandes y melados, aligeraban el vientre. Había otras dos higueras exóticas, de brevas verdes y piel suave, que no predecían boqueras al comerlas con la piel, pero que estaban cerradas con pared de cal y canto. La del CERRILLO de D. Pedro Isla, y la de la BARQUERA, de D. Marcelino Margolles.
También han desaparecido aquellas GÜELINAS y tías que a los rapaces nos parecían inmortales. Se ha publicado recientemente la noticia, de que la esperanza de vida de las asturianas es la más alta del mundo, con 80,3 años de promedio. En la parroquia de LA ISLA, ya se producía ese alto promedio con Emilia (la de la caleya) (Entonces, mante ¿Cualo ye más, abogau o picapleitos?, preguntó al que suscribe con el título de letrado recién estrenado). Entre EL BARREU y CORVERA vivían Claudia, Rosa (la de Agapito), con el único carro de país superviviente, el trío de hermanas solteras, María, Regina y Aurelia, y su hermana Belarmina (la de Ricardo Felgueres), Pilar (la de tía Josefa y Blanca), tan solícita en la atención del templo parroquial. Entre EL CASTRU y EL HORRÓN estaban la bisabuela Ramona-Tomás, fumadora de BILORTOS de cuarterón, envueltos en FUEYA DE PANOYA, su hija Avelina, Carlota, y Delfa, Carmen, Pilar y sus tres hermanas solteras, Higinia, Lola y Mariana, otras tres hermanas, Domitila, Aquilina, Ricarda, las hermanas María y Feliciana, la madre de la simpática Gina, “güelina” Virginia , empachada de sentido común, Dolores La Tovera, Norberta (la de Raimundín), Griselda, Pepa, tía Luciana, tía Delfina y Josefa, Genara y Ramona (la de José) en LA ARENA. Y en LA XUNGLAR, María (la de Ángel), Generosa (la de Casimiro) y Nicasia.
Al socaire de la noticia sobre la elevada esperanza de vida de las asturianas, es obligatorio dejar constancia para la posterioridad de los nombres de todas aquellas buenas mujeres longevas, que permanecen como una foto fija en los recuerdos de la infancia y de la adolescencia, con el pañuelo de tafetán negro a la cabeza, la más ancianas y todas ellas siempre enlutadas de percales y sargas, o aliviadas a lo sumo con telas grises estampadas, que al hablar decían SI MANTE con un cariño inmenso. ¿Dulces y añoradas GÜELINAS tan piadosas y DOLIDAS a quienes las BAÑISTAS DEL SABANU venidas de tierras limítrofes del interior, les cantaban en la despedida de la temporada de baños una canción olvidada.
“VIVA PRIESCA, VIVA PRIESCA
VIVAN VALLES Y TORNÓN
QUE VIVAN LOS DE LA ISLA
QUE TIENEN BUEN CORAZÓN”
Rafael G. del Santo (1994)
Aunque como es lógico, la ganadería ocupaba todo el año, principalmente al cabeza de familia, vamos a ocuparnos de la tarea que se realizaba en verano: LA HIERBA. Por aquel entonces las estaciones del año estaban mucho más marcadas que en la actualidad, por lo tanto los inviernos eran largos y crudos, por lo cual el ganado sólo se cebaba con hierba seca, de ahí la importancia y la preocupación que generaba el tener la tenada llena y con buena hierba.
Se comenzaba segándola a guadaña en una jornada que empezaba al alba, con las primeras luces, hasta media mañana en el que se iniciaban las tareas de CURAR la segada del día anterior. A media tarde, y una vez curada, se dejaba en el mismo prado en BALAGARES (montones piramidales), para recoger en días sucesivos y trasladarla a la tenada, donde era almacenada y pisada por los más pequeños de la familia. Cuando la tenada estaba llena, otro modo de almacenamiento eran la FACINAS (montones más grandes que los BALAGARES, que se hacían al aire libre y alrededor de un poste de unos cinco metros y que debían resistir los rigores del invierno sin que la hierba es estropease).
Cuando les quedaba algún tiempo libre, entonces lo empleaban en LLENDAR (cuidado de las vacas), contemplando durante horas como las vacas pastaban sin que se metieran en los prados de los vecinos. Esta labor también era encomendada a los niños y personas de mayor edad.
Otra fuente de ingresos eran los veraneantes, algunos, los menos, venían a su propio domicilio, otros alquilaban casas, venían a pensiones o alquilaban habitaciones con derecho a cocina, pero todos consumían sus kilos de patatas y demás productos, y compraban sus buenos litros de leche, lo que hacía que la parroquia de La Isla, a pesar de su reducida extensión geográfica, que la condicionaba para la expansión lógica de su Agricultura y ganadería, fuese envidia de sus pueblos vecinos.
Estos son, a grandes rasgos, el modo y el medio de vida de aquellos años, que a muchos le produce nostalgia y que a las nuevas generaciones les cuesta trabajo comprender e incluso creer, a pesar de que no han pasado tantos.
En primavera, preparación y arado de la tierra, para sembrar, SALLAR y RANDAR, las patatas, maíz, y “fabes”, que en aquella época se sembraban entre el maíz.
En verano, en particular la última decena de junio y el mes de julio, se dedicaba a la recogida de la hierba (de cuyos trabajos nos ocuparemos más adelante) y en el mes de agosto a sacar las patatas.
En otoño, como tareas principales, la recogida del maíz y fabes, el acopio de mullido para las vacas y la provisión de leña para el invierno.
La recogida del maíz conllevaba las famosas ESVILLAS, tarea que consistía en quitar las hojas al maíz, dejandole normalmente dos para ENRRESTRARLO (hacer ristras). Para realizar esta tarea, los agricultores se reunían en cuadrillas normalmente de tres familias, que al atardecer se juntaban todos, incluso los niños.
Era tal el arraigo que tenían las ESVILLAS que hasta el resto de las gentes que no eran agricultores se unían a alguna de las cuadrillas, para asistir y participar en las conversaciones que estas reuniones generaban y escuchar de los mayores cuentos y anécdotas, en el que eran principales protagonistas casi siempre personajes célebres de tiempos pasados, a los que los jóvenes no llegaron a conocer y que por estos comentarios aún permanecen vivos en la memoria de aquellos que ahora no son tan jóvenes.
También se realizaba en otoño la recogida de la manzana, cuya venta para los que eran dueños de la pomarada constituía una buena inyección económica. Se iba a la PIA (recogida de castañas), y aunque La Isla no tenía castañedos, algunos de sus habitantes eran propietarios de los mismos en pueblos limítrofes o si no se iba a PIAR a los terrenos comunales. Ni que decir tiene que las castañas y la leche fueron durante muchos inviernos el manjar principal y en ocasiones único, sobre todo en los años anteriores a la época en que nos estamos refiriendo.
La monotonía del invierno se veía alterada por la matanza del GOCHU o SANMARTIN, que se hacía siempre cuando la luna estaba en cuarto menguante, con preferencia el del mes de enero, donde la MONDONGUERA, mujer con experiencia, era la encargada de sazonar, adobar, y echarle la cantidad justa de sal y picante al embutido, y la persona en torno a la cual giraba la frenética actividad que los tres días de matanza generaban.
Era costumbre regalar a aquellas personas que no podían criar un GOCHU, o con la que se tenía un fuerte lazo de afectividad, un trozo de lomo, tocino, costilla, morcilla y chorizo, a esta donación se denominaba dar la PRUEBA. Era tal el arraigo e importancia que tenía el SANMARTIN, que en algunos casos se dispensaba a los niños su asistencia a la escuela, por lo que era frecuente escuchar en la misma, la frase, ¡ES QUE MATAMOS EL GOCHU!, cuando el maestro se interesaba por la no asistencia del día anterior.
Todas estas labores se realizaban a mano y en ella participaban y ayudaban todos los miembros de la familia que pudieran hacerlo. Solo al final de los años 50 se compraron las primeras máquinas de sembrar, SALLAR, RANDAR el maíz y les fabes, tiradas por vacas.
En la década de los años 50-60, en el pueblo de La Isla no menos de 25 familias, vivían de la agricultura y la ganadería. Siendo base de sustento el cultivo de patatas, maíz, “fabes”, la producción de leche y la cianza del “gochu” (cerdo) para el sacrificio y consumo familiar.
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